Lo escuchamos en las noticias incesantemente, en ejemplos de asesinatos y desfalco, infidelidad y corrupción: nuestra cultura moderna se ve acosada por una vorágine de males sociales, todos capaces de amenazar la mismísima existencia de nuestra civilización. Es como si la decencia y la integridad de nuestros antepasados se hubieran olvidado en medio de una arremetida de materialismo. Como resultado, las consecuencias de la violencia, el crimen y la intolerancia dominan la radio y la televisión y aparecen en primera plana.
Y no es sólo la violencia, sino una degradación que todo lo invade y erosiona los mismísimos cimientos de nuestra cultura. Casi ningún país de Europa se salva del foco de problemas:
Los ataques racistas violentos se cuadruplicaron en Francia durante el año 2002 hasta alcanzar el nivel más elevado en una década, y más de la mitad de esos incidentes fueron antisemíticos.
Desde finales de la década de 1990, han aparecido enormes cantidades de pruebas que indican que casi todos los países de Europa Occidental tienen al menos una célula terrorista conectada con al-Qaida, que los bombardeos de Madrid trágicamente han demostrado que son ciertas.
Según una comparación internacional de estadísticas de justicia criminal, basadas en información reunida del Ministerio del Interior Británico y el Consejo de Europa, en los últimos cinco años de que se tienen datos (1997-2001), el aumento promedio de crímenes violentos en Europa fue del 22%, con el mayor incremento en Francia (50%), España (49%) y los Países Bajos (35%). En el Reino Unido, la policía registró casi 870.000 crímenes violentos en 2001, más de tres veces la cantidad de Francia, el país que ocupa el segundo lugar (279.000).
El mundo que esas estadísticas describen sirve como un mayor telón de fondo para la realidad más brutal del dolor personal y las dificultades encontradas por los individuos al tratar de vivir la vida diaria. Sólo criar y alimentar a una familia, ganarse la vida, mantener un trabajo y permanecer seguro en un mundo inseguro presentan retos reales y a veces insuperables.
No es de extrañar que muchos pregunten dónde se puede encontrar la felicidad; o si acaso es posible encontrarla. Casi todos reconocerán que la verdadera alegría y la felicidad son valiosas, y que es difícil tratar de sobrevivir en un mundo caótico y deshonesto.
Los problemas a los que nos enfrentamos –la guerra, la pobreza, las crisis económicas, la intolerancia– tienen en común un trasfondo. En efecto, a pesar de que la pobreza y los conflictos tienen causas económicas y políticas, los asuntos de la moralidad pueden contribuir, perpetuar e incluso predeterminar tales males sociales. Y donde los principios morales de la bondad y el respeto mutuo no tienen valor o significado, ¿cómo podemos esperar que los individuos, para no hablar de las naciones, se traten entre sí con dignidad?
¿Existe una forma de lograr una vida mucho más segura y feliz para la humanidad? ¿Se puede hacer algo sobre el vacío moderno de valores morales?